sábado, 13 de septiembre de 2008

ROMA : LA CIUDAD DEL MARTIRIO DE SAN PABLO.

Roma: la ciudad del martirio de Pablo
por Luis Neira,
Sacerdote de la Sociedad de San Pablo

El contexto social
El Imperio romano, que en el siglo I d.C. extendía sus fronteras por más de 4000 kilómetros de Oriente a Occidente y unos 3700 de norte a sur, contaba con una población que posiblemente sobrepasaba los 50 millones de habitantes y tenía por capital la ciudad de Roma.

En su calidad de centro neurálgico, Roma concentraba la cultura, el comercio, la política, la economía y la atención de los habitantes del imperio, que la veían más que una metrópolis como una deidad.

Roma era el centro del imperio y como tal una meta por alcanzar. Allí se decidían los destinos del mundo, impulsados por el poder militar que ensanchaba las fronteras y hacía que sus ciudadanos pudieran moverse con libertad y seguridad dentro de ellas.

Saulo de Tarso era uno de ellos. Definido como “hombre de tres culturas” por su origen judío, de la tribu de Benjamín, nacido en Tarso de Cilicia (hoy Turquía) que además contaba con la ciudadanía romana.

Criado en una ortodoxia rigurosa, contaba también con la influencia liberal de los helenistas, o sea, la cultura griega que en ese tiempo había penetrado todos los niveles de la sociedad en el Asia Menor.

En el plano religioso, Roma vivía una cohesión entre religión y poder político, que se caracterizaba por la falta de permisividad ante la práctica de cultos extranjeros, lo que llevó a su vez que magos y adivinos fueran perseguidos, se prohibió el culto a Isis y se expulsó a los judíos de la ciudad.

Entre los expulsados de Roma por el emperador Claudio están Aquila, natural del Ponto, y su mujer Priscila a quienes Pablo encuentra en Corinto, y a quienes se une en el oficio como en la tarea evangelizadora (Cfr. Hech 18, 1-3).

Si bien la presencia judía en el imperio era alrededor del 10% del total de la población, en Roma ésta no llegaba al 3%.
A toda la opulencia que caracterizaba a esta metrópolis se une el hecho de la gran variedad de sus habitantes por su origen y condición social.
Ante esta característica, que es bastante común en la mayoría de las urbes visitadas por el apóstol, él escribe motivando a la unidad que debía existir entre quienes profesaban la misma fe: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3, 28).

La comunidad de Roma
Pequeñas comunidades cristianas hacían parte de la gran comunidad de Roma. A la notable variedad de sus miembros por su proveniencia, nivel socio económico, condición de esclavos o miembros de la nobleza, se agregaba el hecho que “estaban muy unidos” y que los hacía un centro de irradiación de la Buena Nueva.
El tono afectuoso y fraterno con que Pablo los saluda confirma el tipo de comunidad que allí existía: “doy gracias a mi Dios por todos ustedes, porque su fe es alabada en el mundo entero” (Rom 1, 8).

Sin embargo, cabe destacar, que a esa unidad de que hacía gala, la comunidad de Roma también vivía serias tensiones internas como mutuo desprecio entre cristianos procedentes del judaísmo y de origen pagano, tensiones por el modo de entender el Evangelio, el caso de “los débiles” y “los fuertes”, etc. que hacía que Pablo anhelara visitarlos: “Quiero que sepan, hermanos, que muchas veces me propuse ir a visitarlos para cosechar entre ustedes algún fruto, como entre los demás pueblos; pero hasta ahora me he visto impedido. Yo me debo tanto a los griegos como a los que no lo son, a los sabios como a los ignorantes; de ahí mi propósito de anunciarles la Buena Noticia también a ustedes los que habitan en Roma” (Rom 1, 13-15).

Pablo escribió la Carta a los romanos desde Corinto, a principios del año 58, con el fin de preparar su viaje, especialmente entre quienes aún no lo conocían.

Llega a Roma en calidad de prisionero a mediados del año 61. Le fue permitido vivir en una casa particular con un soldado que lo custodiaba, haciendo uso de su ciudadanía que le permitía este tipo de prisión, llamada custodia militaris, a medio camino entre la custodia libera, o libertad vigilada, y la custodia publica, o detención penal.
Al cabo del tiempo máximo previsto por la ley romana para la custodia militaris, Pablo recobró su libertad y pudo dejar Roma para dirigirse a otros lugares, como escribe en sus últimas cartas a Timoteo y Tito en que se deduce que, entre los años 63 y 66 (o 67) d.C. viajó por distintas ciudades de Grecia y de Asia Menor.

La labor apostólica de Pablo sigue siendo activa y fructífera. Sin embargo durante el verano del 64 comenzó la cruel persecución neroniana contra los cristianos de Roma, que luego se propagó a otras zonas del imperio.
Pablo fue apresado posiblemente en Tróade, ya que salió de esa ciudad sin llevar consigo ni siquiera su manto de viaje.
Tras la detención, bajo la custodia de unos cuantos soldados, fue llevado de nuevo hasta Roma.

El martirio
El segundo cautiverio resultó mucho más riguroso que el anterior, pues el Derecho romano ejerció sobre el apóstol la llamada custodia publica, por lo que la detención fue en la cárcel como un delincuente común.
A Pablo, ya anciano y cansado, le pesa esta dura situación, pero también es conciente de lo que le espera por lo que escribe a Timoteo:"Estoy apunto de derramar mi sangre en sacrificio, y el momento de mi partida es inminente. He peleado el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que han deseado con amor su venida”. (2Tim 2, 8-10)

La comunidad cristiana de Roma está cerca del apóstol durante su encarcelamiento, aún corriendo los riesgos propios del clima de persecución que se vive. Pablo valora esto y se lo hace ver a Timoteo a quien envía sus saludos y destaca la presencia de hermanos como Eúbulo, Pudente, Lino y Claudia (Cfr. 2Tim 4, 21).
Diez días después de dictada la sentencia que lo condenaba a muerte, y según establecía la ley, Pablo fue decapitado sin presencia de público y fuera de los muros de la ciudad.

Desde aquel "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (...). Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer” (Hech 9, 4-6), la vida del hombre dio un vuelco y dejó a la vista de todos al apóstol.
Conquistado por Jesús en el camino a Damasco, Pablo, de perseguidor de cristianos se convirtió en apóstol de los gentiles. Sus viajes, cartas y misión entre las comunidades, dan cuenta de su entrega sin reservas a la causa del Evangelio.

Fatigas, prisiones, golpes, peligros de muerte, cinco veces azotado con los treinta y nueve golpes, tres veces azotado con varas, apedreado, tres naufragios y abandonado en alta mar, viajes con peligros de ríos, de asaltos, de los extranjeros y los propios compatriotas, peligros en ciudades y descampados, peligros en el mar y por falsos hermanos, angustias, sin dormir, con hambre y sed, ayunos, con frío y sin ropa, sólo son el reflejo del martirio constante que concluyó a la afueras de Roma.

ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.

2 comentarios:

jose luis pedraza castellanos dijo...

Me encanta este estudio un tanto inductivo con respecto a Roma en los tiempos de Pablo el Apostol
Muchas gracias fue enriquecedor leerlo les animo a seguir con esta actividad

jose luis pedraza castellanos dijo...

Me encanta este estudio un tanto inductivo con respecto a Roma en los tiempos de Pablo el Apostol
Muchas gracias fue enriquecedor leerlo les animo a seguir con esta actividad