lunes, 5 de mayo de 2008

MILAGROS NECESARIOS - LA MULTIPLICACIÓN DE PANES Y PECES, COMIDAS DE ALIANZA , DE HOSPITALIDAD.

MILAGROS NECESARIOS:
LAS MULTIPLICACIONES DE PANES Y PECES
COMIDAS DE ALIANZA , DE HOSPITALIDAD
(Para una lectura de Marcos 6,30-44; 8,1-10 y paralelos)
Horacio Bojorge S.J.


Las multiplicaciones de los panes son episodios de alianza de hospitalidad. Jesús actúa en ellos como el anfitrión que da de comer a sus invitados. Necesariamente es Jesús el que da de comer a la muchedumbre. Por eso, la interpretación moralizante, según la cual lo que sucedió en realidad es que siguiendo el ejemplo del joven (Jn 6,9) todos pusieron en común lo que traían, de modo que alcanzó y sobró, es totalmente ajena y contraria al sentido literal del texto bíblico. Si así fuera, no habría habido una comida de alianza servida por Jesús y sus discípulos a la muchedumbre. Quedaría totalmente desvirtuada la clara intención de todas las narraciones evangélicas de la multiplicación de los panes, tanto las sinópticas como la de Juan.
Sin embargo se suele oír con creciente frecuencia una explicación de estos episodios, según la cual se trataría de una invitación a ser solidarios y repartir entre todos lo que uno tiene, en vistas a aliviar la miseria o el hambre de todos. Esta explicación, soslayando unas veces y hasta negando algunas, que haya tenido lugar una verdadera y propia multiplicación milagrosa de panes y peces, los reduce a un reparto entre todos de los alimentos que todos tenían, al estilo de lo que hoy se conoce como cena lluvia. Queremos mostrar cómo esta interpretación se aparta de la de los evangelistas. Ella introduce un sentido ajeno al texto y al contexto. Jamás se les ocurrió a los evangelistas que fuera posible semejante interpretación moderna. Esa interpretación, como las demás que suele introducir violentamente la exégesis racionalista en el texto evangélico, para soslayar los hechos milagrosos, dados por imposibles y para darles una explicación naturalista, desconoce el sentido literal y lo violenta, echando mano a un sentido extrabíblico, traslaticio o acomodado.

La multiplicación de los panes es, para los evangelistas, una concreción terrenal, adelantada, del Banquete del Reino, del que hablan varias parábolas de Jesús. En el Banquete del Reino, Dios es el que provee los manjares y la bebida para los invitados, en su carácter de Dios nutricio (título del cual nos hemos ocupado ya en otro artículo, donde mostramos que en la Sagrada. Escritura, el Dios nutricio aparece como comensal, huésped y anfitrión
[i][1].
¿Qué sentido tendría un Banquete del Reino, donde Dios invitara y no diera de comer? No tendría ningún sentido, sería un convite absurdo, donde tuviesen que ser los mismos invitados los que pusieran y repartieran sus alimentos y bebidas.
Que se trata de un banquete mesiánico lo sugiere Marcos, colocando la primera multiplicación de los panes (Cap 6) en claro paralelismo contrastante con otro festín regio: el banquete de Herodes donde se asesina al profeta. Uno es el banquete del rey impío donde se sacrifica la vida del profeta y la palabra de la verdad de la cual es heraldo, a las pasiones y apetitos de un rey humano y de sus cortesanas y cortesanos: la lujuria, y el respeto humano como vicios más propios del varón; la ambición y la intriga como pasión más propia de la condición femenina. Otro, es el banquete donde Jesús, movido a compasión, no por el hambre sino por la necesidad espiritual, instruye largamente a las muchedumbres que buscan a Dios. En ese banquete, la compasión de Jesús le parece a sus apóstoles insensible para las necesidades terrenas de sus oyentes, ya que se ejercita, hasta parecer indiscretamente larga, en la enseñanza a un público que está con el estómago vacío. Sólo a instancias de los apóstoles Jesús pasa a ocuparse del hambre de la muchedumbre. Pero al hacerlo, completa su obra nutricia y la corona con un banquete simbólico: un banquete de alianza de pan y sal, como los que eran comunes y conocidos en la cultura del antiguo oriente semítico.

Las interpretaciones racionalistas de la Sagrada Escritura han llegado, dentro de la Iglesia católica, primero a las academias, de allí a los seminarios y por último a la predicación. Cada vez más frecuentemente se oye a fieles escandalizados porque han oído predicar los tópicos, rancios ya, de la exégesis racionalista y liberal que acuñara Strauss hace siglo y medio. Peor aún es la condición de los fieles que, imbuidos del racionalismo moderno, ya no se escandalizan sino que encuentran que esa explicación es plausible precisamente por ser tan razonable y las cosas sin necesidad de ningún milagro. Esa misma corriente que minó y destruyó la fe de los fieles en las Iglesias protestantes europeas, la que luego irrumpió en la Iglesia católica con el movimiento modernista, ha roto los diques y se va convirtiendo, por vía de hecho, en doctrina de recibo, al amparo de la invocación de los métodos histórico-críticos.
Recientemente algunos fieles me consultaron porque un sacerdote había predicado en tales términos acerca de la multiplicación de los panes, que sin negarla frontalmente, se daba por excluida una verdadera multiplicación milagrosa. La presunta multiplicación habría consistido propiamente en algo así como una cena lluvia: sin necesidad de apelar a ningún milagro. Lo que sucedió fue que, siguiendo el ejemplo del joven generoso, todos pusieron en común lo que traían, y así alcanzó y sobró para todos. La enseñanza que se saca así del pasaje bíblico, es simplemente y reductivamente moral: si somos solidarios, los bienes de este mundo alcanzarán y sobrarán para todos. Explicando estas cosas a un joven sacerdote, me replicaba que no entendía por qué tenía yo esa resistencia a encontrar un sentido social al mensaje evangélico y negaba que Jesús pudiera haber tenido esa intención.
El racionalismo no sólo ha propuesto una interpretación desviada del texto, sino que ha amartillado un prejuicio que se dispara cuando se trata de enderezarla con pura ciencia bíblica y bloquea la inteligencia para recibir una explicación objetiva, tan racional como la otra, pero abierta a la fe.

Quiero dar aquí las razones exegéticas por las cuales se demuestra que esa lectura negadora del milagro es insostenible y no hace justicia al sentido literal del texto bíblico, lo oculta bajo una acomodación reductora y no resiste un examen exegético crítico.
Es una lectura falsa por las siguientes razones:
1) Ignora la verdadera naturaleza de la comida de alianza de hospitalidad que Jesús, como anfitrión mesiánico, celebra con la muchedumbre. De donde resulta que sin un verdadero y propio milagro, por el cual Jesús mismo fue el que dio de comer a la muchedumbre, como el dueño de casa que invita y da de comer a los huéspedes invitados, el episodio de la multiplicación de los panes pierde todo sentido a los fines y propósitos del Evangelio: revelar la identidad de Jesús, Rey que invita al banquete mesiánico y Dios nutricio que celebra un banquete de alianza de pan y sal con la muchedumbre, transformándola en pueblo de Dios.
2) La hipótesis de la cena lluvia contradice datos positivos del texto, que excluyen explícitamente que la muchedumbre tuviera alimentos qué comer o para repartir. Esto es particularmente claro en la segunda multiplicación de los panes, que sucede después de tres días de camino.
3) Hace de relatos que tienen una intención revelatoria de la identidad de Jesús y por lo tanto eminentemente espiritual y religiosa, vulgares moralinas. En esto manifiesta la tendencia a la reducción legalista y moralizadora característica de toda la exégesis racionalista, liberal y modernista.

Voy a desarrollar estas afirmaciones, aunque no necesariamente en ese orden..

Ignora la verdadera naturaleza de la comida de alianza
Es un vicio inveterado de la exégesis racionalista el interpretar el texto de espaldas a su trasfondo histórico y cultural. Es conocida la autosuficiencia del racionalismo y su menosprecio de lo histórico. Es el reflejo del desprecio kantiano hacia la revelación histórica.

Para entender lo que Marcos nos quiere decir, hay que tener en cuenta la condición de su tiempo y la cultura de la época y los modos de sentir propios del medio donde vivió Jesús
[ii][2]. Muchas veces, esos usos culturales propios del mundo de Jesús, han sobrevivido a través de los siglos en algunos pueblos del oriente, particularmente entre los árabes. Por eso relataré más abajo un hecho que me ocurrió en Tierra Santa en 1967 y que aún hoy me orienta en la comprensión de la escena evangélica de la multiplicación de los panes y peces.

Lo que Jesús celebra es una “comida de alianza de pan y sal”
[iii][3].
Para comprender mejor el sentido de la multiplicación de los panes, no sólo conviene sino que es absolutamente imprescindible recordar el uso de las comidas de alianza antiguas, que han perdurado hasta hoy en los usos del mundo árabe.
La sal se consideraba entonces hasta tal punto el condimento que debía acompañar todo alimento que se convirtió en símbolo de hospitalidad. Comer pan y sal con alguno se convirtió en símbolo o expresión de ligarse con él con una estrecha amistad.
Es también costumbre extendida en el mundo eslavo. Cuenta un historiador que cuando el ejército de Alemania invadió la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial “en muchos lugares los invasores fueron recibidos por campesinos que portaban iconos y el pan y la sal de la hospitalidad”
[iv][4].
La sal no era sólo condimento, sino elemento vital, que podría llamarse “de primeros auxilios” para un peregrino del desierto deshidratado durante el viaje. Le hacía falta reponer no sólo el agua sino la sal. La sal es tan necesaria como el agua para rehidratarse en esos climas secos, donde la piel queda blanca por la pérdida de sal, sin que se llegue a sentir la transpiración, evaporada instantáneamente.
Nada extraño, pues, que la sal fuera un símbolo de la hospitalidad. Comer pan y sal con alguno era un símbolo de alianza de amistad y creaba obligaciones de fidelidad. El que comía la sal en la mesa de alguien, se sentía obligado con él: “puesto que comemos la sal del palacio, no nos parece decente tolerar esta afrenta al rey” (Esdras 4,14).

"La sal es – además - un principio de conservación contra la corrupción. Por este motivo se presta para simbolizar la perdurabilidad y la fidelidad de una alianza que nada deberá ni podrá corromper ni alterar
[v][5]. Estaba mandado poner sal en toda oblación presentada al Señor[vi][6]. Y ella era muy usada en otros ritos del culto del templo. El perfume destinado a ser quemado delante del Arca, también era adicionado de sal, memullah[vii][7]. Se ponía sal sobre todo lo que se ofrecía sobre el altar[viii][8], excepto en el vino de las libaciones, la sangre y la madera[ix][9]. Las víctimas eran saladas sobre la rampa misma que conducía al altar[x][10]; en la cima de esta rampa y delante mismo del altar, se salaba la harina, el incienso, los manjares ofrecidos por los sacerdotes, los que acompañaban las libaciones y los holocaustos de aves.
La sal era por lo tanto, también en la esfera religiosa, el símbolo de la fidelidad o de la firmeza, al pactar la Alianza, y en consecuencia, de su perdurabilidad. Por eso a la Alianza de Dios con Israel se la llama Alianza de Sal, es decir: perpetua o eterna
[xi][11]. La sal de la Alianza no debía faltar en ningún sacrificio[xii][12], como símbolo del amor de alianza que da sentido y sabor a los sacrificios y holocaustos, y sin la cual son abominables para un Dios que no necesita que le den de comer, porque todas las bestias son suyas. A esta luz se ha de leer el misterioso logion de Mc 9,49-50: colocado en el centro de la sección del camino: “Tened sal en vosotros y tendréis paz entre vosotros”. Donde no hay sabiduría de la Cruz, - que Jesús viene enseñando en esta sección pero ante la cual los discípulos están ciegos -, hay discordia y discusiones, división e irreconciliación. La sal significa en Mc 9,49-50 la sabiduría de la Cruz en la Nueva Alianza.

Pero el sentido de la alianza de pan y sal se comprende más claramente aún a la luz de las costumbres que se conservan entre los árabes. Entre los árabes, “los que comen la misma comida son considerados como de la misma categoría, del mismo rango. El alimento tomado en común confirma el parentesco y, aunque en menor grado, lo suscita. Es la alianza de sal, que une a los que han participado de la misma comida”
[xiii][13]. Los pueblos árabes tienen una gran veneración por el pan y por la sal, de manera que cuando quieren hacer algún pedido especial a alguna persona que ha comido con ellos, le dicen: “por el pan y por la sal que hay entre nosotros, haga tal cosa”[xiv][14]. Este uso está aún vigente. “Cuando dos árabes quieren contraer un compromiso recíproco, hacer un tratado o un contrato, cimentar su amistad, mojan dos bocados de pan en la sal y los comen juntos. En su lenguaje, comer juntos el pan y la sal significa hacer un pacto o jurarse amistad. Los persas se expresan de la misma manera; para reprobar al traidor, lo llaman ‘traidor hasta en la sal’”[xv][15].

Es muy probable que esta costumbre estuviese en uso entre los antiguos hebreos, como lo estaba entre sus vecinos del desierto, y que la expresión bíblica acerca de la sal de la alianza deba explicarse en el mismo sentido.
“La sal tenía la misma significación simbólica entre los griegos. ‘Haber tomado un sorbo de sal juntos’ quería decir ‘ser viejos amigos’”
[xvi][16].

Sobre la salazón de peces en Palestina
La sal era abundante en Palestina. Se extraía pura principalmente de las extensísimas salinas que se encuentran cerca del Mar Muerto
[xvii][17]. En palestina se servían preferiblemente de la sal de Sodoma, es decir la que provenía del Mar Muerto y cuyas cualidades eran más apreciadas. A falta de esta sal, se la traía de Ostracina y del lago Sirbon, en la costa de Egipto, entre Pelusa y Rinocoluro[xviii][18]. Habiendo sal y peces en abundancia y a mano se practicó en Palestina la salazón de pescado.
Aunque sólo una vez se menciona el hecho de salar un pez: el que el joven Tobías pescó en el Tigris
[xix][19]; sin embargo se sabe que los hebreos comían mucho pescados secos y salados. Tales eran, sin duda, los que sirvieron para la multiplicación de los panes (Mt 14,17; 15,34). Se comían peces salados hasta en Jerusalén. Allí había hasta una puerta de los peces[xx][20], que tomaba su nombre de un mercado de peces [necesariamente salados] situado cerca de ella. Se conocía desde antiguo el arte de salarlos, como se puede esperar en un país cuyas aguas, por ejemplo la del Mar de Galilea, eran tan ricas en variadas especies y donde, por otro lado abundaban las salinas excelentes, desde las que se exportaba sal a todo el mundo.
La ciudad de Tariquea, en la costa sudoeste del lago de Galilea tomaba su nombre del griego tarijos (tarijeuien = salar, meter en salmuera, en conserva). ¿Con qué ciudad de la Galilea del Nuevo Testamento podría identificarse? Los estudiosos han discutido el asunto. Observan que, aparte de Tiberíades, Betsaida, Cafarnaúm, Corozaín y Magdala, la cual se menciona sólo dos veces en el Ev. de Juan (6,1.23; 21,1), la Sgda. Escritura no nombra ningún otro lugar situado junto a la rivera del lago, ni tampoco nombra la ciudad de Tariquea, situada, según testimonios históricos de la Antigüedad, a 30 estadios de Tiberíades. Flavio Josefo
[xxi][21], no precisa si Tarijea se encontraba al sur o al norte de Tiberíades - en este caso se identificaría con Magdala, como creen algunos. O bien 30 estadios al sur, junto a Kerak, como probaría Plinio, que afirma que está situada: “en la extremidad sur del lago”[xxii][22], aunque sus datos no son siempre confiables. Se llamaba así por el griego tarijos (charque. o carne salada, de animal o pescado) porque de ella, atestigua Estrabón, se exportaban peces salados a todo el mundo[xxiii][23]. Consta que había importación de peces desde Galilea a Italia[xxiv][24]. Oída la discusión de los eruditos, yo me inclino a admitir que la antigua Tariquea es la Magdala del Nuevo Testamento.
Pedro, Andrés, Santiago y Juan, bien pudieron ser proveedores de materia prima para la industria pesquera. Venderían muy posiblemente su producción en los saladeros de Tariquea, que si era Magdala no les quedaba lejos, y salarían también ellos parte de su pesca.

Comida de hospitalidad y de alianza
Es proverbial la hospitalidad oriental. Y es sabido que las comidas de hospitalidad crean un vínculo de alianza entre el que hospeda y el huésped. Un ejemplo arquetípico es el de Abraham hospedando a los tres misteriosos visitantes, de donde resulta una amistad tal que se pasa a compartir los proyectos y discutir los propósitos (Gen 18,1-33). En el episodio inmediato y conexo, Lot protege a sus huéspedes de la violencia que quieren hacerles los impíos habitantes de Sodoma (Gen 19,1-29). El huésped era sagrado, como el hogar en que estaba. Y aún después de su despedida, iba protegido por la ley de venganza de sangre, pues “llevaba en sus entrañas y en su sangre la sal del que lo había hospedado”. Sería una impiedad inimaginable, sacrílega, espantosa, no sentirse atado por la hospitalidad brindada una vez.
En 1967 un campesino musulmán nos invitó, a un condiscípulo del Instituto Bíblico y a mí, a entrar en su granja. Era en territorio de Jordania recién ocupado, en un mediodía de fuego, junto al camino por donde volvíamos de visitar las ruinas de la antigua capital de Samaría. Después de habernos agasajado con te frío y frutas y con una afable y larga conversación en inglés (había sido oficial de las tropas inglesas, durante el protectorado) aquel musulmán, se despidió de los dos sacerdotes católicos diciéndonos: “desde ahora somos amigos”. Entonces comprendí que aquél hombre había cumplido con nosotros con un rito religioso de piadosa hospitalidad. Y en verdad no he podido olvidarlo más, aunque nunca más lo volví a ver. Si volviera a Palestina, desearía volver a esa granja a saludarlo. Sé que pasados tantos años, con seguridad, sólo encontraría a sus descendientes, porque nuestro anfitrión tendría ya más de sesenta años. Pero de todos modos, me presentaría a sus hijos como un amigo de su padre.
El tema de la recepción hospitalaria o el rechazo, es uno de los grandes temas de la presentación evangélica de Marcos y enmarca en particular ambas multiplicaciones. Para sensibilizarnos a ello – porque desgraciadamente los occidentales hemos perdido en gran medida junto con la cultura de la hospitalidad también las virtudes que implica - hay que atender a las veces que Jesús es recibido o no en una casa, en Cafarnaúm, en Nazareth, en Tiro, etc. En las instrucciones para la misión, la ley de la hospitalidad brindada a los enviados, se convierte en el principio rector del cauce por donde se difundirá el evangelio.

Jesús y los apóstoles como anfitriones
Jesús da de comer a la muchedumbre galilea - compuesta de judíos y gentiles - y establece con ella un vínculo que la constituye en pueblo y lo ata a ella y recíprocamente vincula a la muchedumbre con Jesús. La multiplicación de los panes es necesaria para que se dé esa comida de hospitalidad que genera alianza. Es absurdo proponer que Jesús no haya puesto la comida, sino que haya actuado de “facilitador e intermediario”, promoviendo simplemente un intercambio solidario de alimentos pertenecientes a terceros. Esa propuesta interpretativa sólo puede provenir o sostenerse por ignorancia del sentido global del episodio evangélico.
Esa visión es opuesta a los datos del texto evangélico. En todas las narraciones, sobre todo en las sinópticas, Jesús aparece sintiéndose responsable de alimentar a la muchedumbre, como buen pastor, y responsibilizando luego a los apóstoles para que den de comer a la multitud.
Primeramente Jesús alimenta a la muchedumbre con sus enseñanzas. Tan largas que merecen una advertencia de los discípulos (Mc 6,34-36); cuya misericordia, en este caso tiene como objeto no el hambre espiritual sino la física. Los apóstoles tienen que recorrer todavía un largo camino antes de apropiarse las prioridades de Jesús: “No parece bien que descuidemos la palabra de Dios por servir a las mesas” ... “nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra” (Hechos 6,2.4).

La hipótesis de la cena lluvia contradice datos positivos del texto
Ambas multiplicaciones suceden, como dice Marcos insistentemente, en 'un lugar solitario' (Mc 6,31.32.35; 8,4). Se afirma explícitamente que 'no tienen qué comer' (8,2) o se lo da a entender repitiendo dos veces que hay que ir a comprar alimentos a otro lugar (6,36.37). Jesús ordena una investigación de las existencias de víveres (6,38; 8,5.7). En los relatos de los sinópticos son los apóstoles los que, ambas veces, ponen sus víveres a disposición. Es totalmente ajena a la visión de los sinópticos la idea de una 'requisa' de víveres entre los reunidos. Jesús ordena que sean los apóstoles los que les den de comer (Mt 14,16; Lc 9,13 9). Jesús siente y les dice que les toca a ellos aliviar la necesidad (Mt 15,32; Mc 8,2).
Sólo en el relato de Juan, aparece ese muchacho, posiblemente un discípulo, que comparte sus panes (Jn 6,9). Los sinópticos nada dicen de él. Y es posible que tampoco sea la intención de Juan encarecer su generosidad, sino otro el motivo de mencionarlo.
Y es también Juan el único que confirma que se trata de pescados salados. Mientras en los sinópticos se los llama simplemente pescados: ijthúa
[xxv][25], Juan explicita que se trata de pescados salados: opsaria.[xxvi][26]. La diferencia entre ijthún y opsaríon es fundamental para entender mejor la escena del capítulo 21 del evangelio según san Juan, en que Jesús resucitado recibe a los discípulos con un pez salado sobre las brasas. Juan distingue muy claramente entre los pescados (ijthúa) de la pesca milagrosa en el lago Tiberíades y el pez salado (opsaríon) sobre las brasas con que los agasaja Jesús.

[i][1] Véase: Horacio Bojorge, Dios Nutricio. Sugerencias para una lectura bíblica, en Boletín de Espiritualidad. (San Miguel B.A.) (Julio-Ag. 1996) Nº 160, pp.1-12 y 16-23
[ii][2] Constitución Dei Verbum del Conc. Vat. II, No. 12
[iii][3] La sal está en los pescados, necesariamente salados, que se multiplican en ambas ocasiones, junto con los panes
[iv][4] Véase: Mario Luis Descotte, "El Estallido del Mundo Soviético" (EDIUM - Universidad de Mendoza, 1999), en la página 27 citando a De Jonge, Alex: "Stalin", Buenos. Aires, Emecé Editores, 1989, pág. 360. Agradecemos la referencia a la Prof. María Luján Grilli.
[v][5] Cf. Bähr, Symbolik des mosaischen Kultus, Heidelberg 1839, t.II, p.324
[vi][6] Lv 2,13; Ez 43,24; Mc 9,48
[vii][7] Ex 30,35
[viii][8i] Cf,. Flavio Josefo Ant. Jud. 3,9,1
[ix][9] Cf. Sifra, f.78,2;79,2
[x][10] Cf. Gemmara Menachoth, 21,2
[xi][11] Nm 18,19; 2 Cron 13,5
[xii][12] Cfr. Lev 2,3
[xiii][13] M.-J. Lagrange, Études sur les religions sémitiques, Paris, 1905, p.252
[xiv][14] De la Roque, Voyage dans la Palestine, Amsterdam 1718, p.137
[xv][15] Jullien, L'Egypte, Lille 1891, p.273
[xvi][16] Plutarco, Moral., ed. Dübner, 94a. Cf. Bahrdt, De foedere salis, Leipzig 1761; Rosenmüller, Das alte un neue Morgenland, Leipzig 1818, t.II, p.150. Art.: Sel; Dictionnaire de la Bible, Ed. F. Vigouroux T.V, Cols. 1568-1572.
[xvii][17] Joseph Felten, Storia dei tempi del Nuovo Testamento (4 Vols) Ed.Internazionale, Turín 1913, T.I, p.37.
[xviii][18] Dictionnaire de la Bible; Art. cit.
[xix][19] Tob 6,6 Cfr. Dictionnaire de la Bible, Art. cit.
[xx][20] Sof. 1,10: Neh 3,3: 12,38; 2Cro 33,14
[xxi][21] Vida 32
[xxii][22] Naturalis Historia 5,15,71
[xxiii][23i] Estrabón 16,2,45
[xxiv][24] J. Marquardt, La vida privada de los romanos; citado por J. Felten, O.c. T.I, pp.57-58. Véase también G. Adam Smith, Geografía Histórica de la Tierra Santa Edicep, Valencia 1985, pp.245-249
[xxv][25]: ivcqu.n ijthún Mt 14,18-19; Mc 6,38.42-43
[xxvi][26] Jn 6,9.11; Cfr 21,9.10.13)
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO V.

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