miércoles, 24 de octubre de 2007

EL ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL DEL ADULTO MAYOR.

EL ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL DEL ADULTO MAYOR
+Marco A. Ordenes Fernández
Obispo de Iquique
Presidente Comisión nacional
para la Pastoral de la Salud.
Conferencia episcopal de Chile

Hablar de espiritualidad y su acompañamiento en la realidad de los adultos mayores pudiera parecer una cuestión restringida al campo de lo religioso, y por tanto, en la lógica actual, a una cuestión sólo personal. Sin embargo, si bien es cierto que es una cuestión personal e íntima; es también una cuestión de preocupación social, pues constituye un aspecto de tanta importancia del ser humano, como lo es lo es el bienestar física, la educación, la cultura, el trabajo, etc. Sobre la base de esta tesis, quiero desarrollar esta exposición, pues si bien experimentamos una apertura al tema espiritual y religioso por parte de la estructura estatal y de organización del mismo Estado, las comprensiones que se puedan hacer de ello pudieran ser equívocas: una simple moda que ya pasará, una cuestión de integrismos, cuestiones de “affaire político”, etc. De allí la necesidad de detenernos en una reflexión que busca fundamentar la existencia de lo espiritual en la misma identidad de lo humano. El tema lo expongo en los siguientes aspectos:

1. La espiritualidad como una necesidad humana
2. Las necesidades espirituales del adulto mayor
3. Algunas claves para el proceso de acompañar espiritualmente al adulto mayor
4. Consideraciones finales


1. LA ESPIRITUALIDAD COMO NECESIDAD HUMANA

En salud comprendemos muy bien el concepto de necesidad. Sobre este término se establece el plan de atención integral al enfermo, los procesos terapéuticos que buscan reestablecer el bienestar físico, psíquico y social del que ha experimentado una alteración en estas armonías fundamentales. Es importante decir, que la comprensión del ser humano desde la atención en salud, ha experimentado un proceso de desarrollo con evoluciones e involuciones. En los principios de la disciplina médica, la atención del paciente el desarrollo de la técnica y farmacología estaban reducidos a procedimientos muy básicos, pero no con menos inteligencia. En la medida del creciente desarrollo del ars médica, todos los procesos terapéuticos fueron haciéndose complejos, hasta llegar a estos tiempos donde el gran desarrollo tecnológico está transformando incluso el modo clásico de hacer medicina. Pero todo el proceso de desarrollo de la ciencia médica, ha estado unido a otros procesos muy fundamentales en la cultura, y que son los de la comprensión misma del ser humano.

La comprensión antropológica ha sido clave, no sólo para el modo de la autocomprensión del hombre, su sociedad y el entorno; sino también desde ella, y muchas veces como lógica consecuencia, el desarrollo de las diversas disciplinas del conocimiento humano y la utilización de los recursos y los modos de convivencia entre los propios hombres y mujeres. Así, en los orígenes de la atención médica, la atención física de la persona, estaba íntimamente ligada a los procesos de sanación implicando lo divino, en sus más diversas comprensiones, pues lo espiritual formaba parte sustancial de la comprensión del ser humano. Así, está descrito en todas las civilizaciones antiguas, como en las clásicas culturas del medio oriente y en el desarrollo de la cultura grecolatina; como también en las diversas culturas amerindias.

El cristianismo, heredero de las raíces hebreas, consolidó la concepción corpóreo espiritual de la persona. De esta forma, en diversos momentos, frente a doctrinas que intentaban desarticular esta unión, se establecía una mayor profundidad desde la comprensión filosófica y teológica de esta afirmación. Fue Santo Tomás de Aquino que desarrolló en el genial sustrato filosófico de Aristóteles, el fundamento de esta compresión de la naturaleza humana.

Con el proceso filosófico y cultural del racionalismo, lentamente se fue derivando a sostener una comprensión basada exclusivamente en la materialidad del sujeto. La comprensión ontológica del materialismo, tanto del positivismo como del materialismo dialéctico, sostuvieron que la naturaleza misma del ser humano se restringe sólo a cuanto es posible comprobar y sostener empíricamente. Con estas tesis, que marcaron la comprensión del ser humano, toda la dimensión espiritual, metafísica, quedó descartada como conocimiento cierto de la persona; uniéndose a un progresivo desprecio por todo cuanto pudiera ser “religioso” y de tradición oral. Esta tendencia ha marcado el modo de ser y hacer el mundo, la cultura y la satisfacción de las necesidades humanas. En esta lógica resultaba totalmente innecesaria cualquiera forma de religiosidad, pues constituía un “opio para el pueblo”, formas de represión social, o etapas de un proceso de desarrollo humano superadas. La verdad, que nosotros somos todavía hijos de estas formas de pensar, que siguen plateando como oposición de existencias la fe y la razón, donde la existencia de una anula a la otra. Esto tanto en el mundo de los creyentes, como de los que no lo son.

Pero ¿por qué volver a la espiritualidad? Sin duda que nos encontramos en una etapa histórica de redescubrimiento de muchos aspectos del ser humano que fueron olvidados o parcialmente comprendidos. Uno es estos aspectos es la espiritualidad. Tal como lo hemos afirmado, se formuló la idea que lo espiritual es una cuestión inexistente, pues sobrepasa los modos racionalmente empíricos del conocimiento. El principio de la comprobación empírica y experimental, se volvió un tótem al que se le rindió un culto idolátrico. Sin duda, que el método científico lo demanda, pero la formulación del mismo exige hoy, diversas variantes según las diversas formas del objeto del conocimiento, tomando la ciencia más conciencia de sí misma, que ella misma se estructura sobre bases axiomáticas que sobrepasan su propia fundamentación lógica experimental.

Es posible hoy asistir a un redescubrimiento de la identidad del ser humano, con mayor conciencia que la integralidad del sujeto implica muchos aspectos, los cuales implican un orden material y tanto más allá de lo material: psíquicos y espirituales. Lo espiritual se comienza a redescubrir como un elemento constitutivo de lo humano. Aunque también es cierto que este proceso de redescubrimiento de la integralidad de lo humano requerirá mucho tiempo más para que sea amplio y totalmente multidisciplinar.

El arte de la medicina vuelve a redescubrir, bajo múltiples motivaciones, las dimensiones “metafísicas de la persona” Así, desde fines del siglo XIX se comenzó a descubrir el complejo mundo de la psiquis humana. Hoy cada vez tenemos más incorporado la participación que tiene lo psicológico en muchas etiologías de patologías, como así también en procesos de recuperación. También las ciencias médicas están valorando el conocimiento de la medicina ancestral que no tiene las escisiones de la racionalidad, como así también la valoración a procedimientos de “medicina alternativas” que implican desarrollo de energías en fuentes naturales y la misma persona. Sin duda que el recorrido de la comprensión que exige la racionalidad es todavía mínima, pero hoy, la ciencia se vuelve más prudente para no declarar como sin existencia, lo que aún no logra lógicamente comprender.

La espiritualidad es referencia a un elemento constitutivo de la condición humana; y que no es sólo un adorno o complemento de ella; sino que es sustancial a la misma identidad de la naturaleza humana. Aristóteles, afirmaba en su teoría helimórfica que todas las cosas se constituyen en base a la materia y la forma. Es decir, no todo es material, no todo es espiritual, pero sin embargo ambas formas experimentan una íntima conexión. Del ser humano podemos afirmar lo mismo: no todo en él es sólo material, pero tampoco todo en él es sólo espiritual. Ambas realidades se implican y necesitan una de otra. Así donde hay experiencia material, hay también experiencia espiritual. Redescubrir esta unidad sustancial del ser humano puede ser un verdadero camino de plenitud y bienestar para la satisfacción del anhelo más intimo del hombre y la mujer.

Hay algunos momentos en el desarrollo de la persona que la experiencia de lo espiritual se vuelve más cercana, y estos son los momentos de conciencia de la precariedad y del límite. La proximidad de la muerte, la conciencia del inexorable paso del tiempo, la pérdida de personas queridas, vínculos y afectos, el drama de la experiencia del dolor físico y moral, predisponen para una mayor conciencia del olvidado plano de lo espiritual. De esta forma queda en evidencia un interrogatorio fundamental a nuestra conciencia sobre la condición de nuestra propia existencia: ¿Hay algo más? ¿Aquí termina todo? Y ¿si aquí no concluye todo? Son preguntas que se hacen profundas y muy concientes especialmente en estos momentos.

El desarrollo de la vida experimenta al final del natural proceso de la existencia humana un tiempo de envejecimiento corporal. A quienes inician esta etapa le llamamos adultos mayores. En este periodo de la vida, cuando el ritmo del trabajo disminuye considerablemente, la persona tiene, incluso “forzadamente” más espacio para el encuentro consigo mismo. Así pues, se vuelve un tiempo muy propicio para descubrirse más allá de la experiencia física, entrando en el conocimiento de otras situaciones tan reales, que son necesidades en ella, aunque pudiera ser que nunca en su vida, hubiera tenido necesidad. El orden de lo espiritual transita por estos carriles.


2. LAS NECESIDADES ESPIRITUALES DEL ADULTO MAYOR

Antes de hablar del acompañamiento espiritual del adulto mayor, conviene realizar una pregunta previa y básica: ¿Existe la necesidad espiritual? La respuesta puede tener muchos matices según las diversas mirandas que podamos dar, de acuerdo a la concepción de persona que tengamos. Yo expongo una respuesta basada en una concepción antropológica que reconoce en el ser humano una dimensión corpóreo espiritual.

En la persona humana el espíritu constituye el centro de la interna coherencia de todas las facultades y potencias psíquicas, biológicas y sociales que posee. El espíritu constituye una unidad sustancial en su autocomprensión, pues la materia no lo explica todo ni le entrega sentido a todos sus actos, incluso al mismo acto de existir. La dimensión espiritual en definitiva, entrega el sentido final de todo: de la existencia. Abre a las categorías de lo que no es manipulable por el modo del hacer humano. Lo espiritual es contacto con lo que trasciende al propio hombre, pero que de muchas formas intuye, experimenta y anhela. La misma búsqueda de la perfección de sus sistemas sociales, políticos, orgánicos, dejan entrever el anhelo de una perfección que sobrepasa a sus mismas capacidades, en el anhelo de una perfección perdurable en el tiempo, de todo y de todos.

La dimensión espiritual del ser humano responde a esta condición fundamental de la misma estructura de su naturaleza, por ello que experimenta como necesidad esta dimensión; así como experimenta como la necesidad de respirar, el equilibrio hidroelectrolítico, el reposo y sueño, etc. Podemos afirmar que lo espiritual es una necesidad básica y fundamental en el ser humano.

Al intentar comprender los modos de las necesidades espirituales de la persona descubrimos que ellas se manifiestan y se expresan especialmente en situaciones donde la potencia de la misma naturaleza humana se experimenta frágil, débil y finita. Allí el ser humano experimenta con mayor radicalidad la necesidad de satisfacer ese “algo más” que lo sigue cautivando y que impulsa en una búsqueda que muchas veces no comprende, y que experimenta como una “cierta insaciedad” Estas situaciones dejan en evidencia la gran necesidad que implica lo espiritual: la necesidad de sentido de la vida y de la muerte. Y sobre esta necesidad fundamental que no puede ser saciada por la comprensión meramente técnica de la vida y de la muerte, se inscriben muchas otras necesidades que implican aspectos variables propios del temperamento psicológico de la persona: compañía, afecto, reconocimiento, consuelo, etc.

El adulto mayor posee una condición per se frágil. La condición de este período es un envejecimiento de todo el proceso biológico que implica el camino hacia la muerte natural. Con diversos eufemismos muchas veces ocultamos esta realidad, muy de acuerdo con un modo de cultura que rechaza el sufrimiento, el envejecimiento y la muerte. Aquí ya describimos una necesidad de verdad, tan necesaria para enfrentar el proceso de la vida con realidad.

La persona que envejece, adulto mayor, lo hace hoy en una realidad diversa a la de décadas anteriores. Y hoy, nos encontramos con adultos mayores, nacidos en un período muy diverso a este nuevo tiempo, y que viven este período de la vida en una realidad muy diversa a la que fueron formados. Esto genera un tipo de concepciones y aprehensiones propias. Es posible que en algunas décadas más, los adultos mayores experimenten otras situaciones. Sin embargo, existen algunas que serán constantes por ser parte de la misma condición humana.

Entre las principales situaciones que debe enfrentar el adulto mayor y que implican aspectos que atañen directamente a su espiritualidad podemos nombrar: la pérdida de la autoestima, el cambio del modo de vida familiar, la sensación de una vida prolongada y sin sentido, la pérdida de significados, la falta de encuentros gratuitos, la pérdida de las capacidades de fácil adaptación, la pérdida de seres queridos y referenciales, etc. Todas estas situaciones implican una situación espiritual, y con ello, un modo de enfrentarlas adecuadamente o no.

La necesidad espiritual implica el reconocimiento de una orientación y orden fundamental de sentido de la misma existencia. La espiritualidad realiza este gran aporte: entrega sentido al conjunto y, orienta las pequeñas situaciones y acontecimientos en una gran dinámica de vida, donde se pueden vivir todas las experiencias, gozosas y duras con un gran horizonte de sentido.


3. CLAVES PARA EL PROCESO DE ACOMPAÑAR ESPIRITUALMENTE AL ADULTO MAYOR

Según el clásico esquema de organización de la atención al paciente, las acciones se desarrollan en el marco de las necesidades descubiertas en la persona. El adulto mayor, sabemos bien, tiene una serie de necesidades biológicas, psíquicas, sociales, que deben ser satisfechas. Incluso el marco regulador del mismo Estado, está desarrollando los cauces legales y administrativos para ir en apoyo a estas satisfacciones. Pero eso no es todo. Victor Frankl, hace presente la gran problemática de estos nuevos tiempos: la pérdida del sentido de la existencia. Aquí radican muchas de las situaciones complejas de la vida actual, y que sin duda afectan también al adulto mayor. La recuperación del sentido existencial es una tarea que no queda saciada con la satisfacción de acciones sólo materiales. La satisfacción del sentido implica el descubrimiento en la persona de un “plus maior” (algo mayor) como totalmente necesario en el desarrollo de la persona.

El descubrimiento de la dimensión espiritual de la persona implica un mirar la misma existencia en la óptica de absolutos trascendentes. La satisfacción de la necesidad espiritual no se remedia sólo con establecer espacios para ello, sino que es necesario entregar en esos espacios, una verdadera dimensión espiritual que toca lo esencial de su vida, y no sólo aspectos más superficiales de la misma, por importantes que éstos sean. También esta óptica no se desvincula de acciones efectivas materiales que apoyan el desarrollo de la integridad de la vida corpóreo espiritual. En esta perspectiva quisiera enumerar algunas claves fundamentales que pudieran orientar un acompañamiento espiritual del adulto mayor. No intento desarrollarlas, pero sí mostrar aspectos importantes en la vida espiritual que deben tenerse en cuenta en este período de la vida.

1. Conciencia de lo finito

Tanto el enfermo terminal como el anciano, van desarrollando una conciencia que hay un fin de la vida; y que este se hace próximo. Muchas situaciones invalidantes contribuyen a una mayor conciencia de lo finito de la vida. Esta es una realidad que debe ser acompañada en la verdad de la misma. Ocultarla con discursos de fantasía puede ser una nebulosa que distorsiona las cosas, pero que no arranca las interrogantes guardadas en el corazón de la persona. El diálogo en la verdad de la finitud de la vida, en la realidad de la muerte es necesario. Los modos, las mediaciones y los acentos, podrán ser variados y de acuerdo a las circunstancias; pero es un tema que debe ser colocado en la profundidad de su realidad.


2. Aceptación de las limitaciones y reconciliación

Otro aspecto a considerar es aprender a enfrentar la realidad de la condición de “adulto mayor” marcada por las limitaciones físicas y sociales. Hay un imposibilidad real de “ser como antes” Es importante la toma de conciencia de esta realidad, para convivir con ella sin frustración y amargura. La limitación puede transformase en fuente de creatividad y desarrollo de otras potencialidades.

Por otra parte es tan importante acompañar y animar procesos de reconciliación del adulto mayor consigo mismo y con los otros. Esta reconciliación implica la aceptación serena de su propia historia en la diversidad de los acontecimientos. Aquí la perspectiva creyente sostiene con mucha fuerza este camino que genera paz.

3. Aceptación de la soledad

Un aspecto muy duro del envejecimiento es la pérdida de los seres queridos, la pérdida de la familia, sobre todo hoy con la gran tendencia a la familia nuclear. El anciano no encuentra espacio en este nuevo modelo familiar. Experimenta con mucha frecuencia la soledad y la experiencia del abandono por parte de los suyos. Muchas veces las reacciones frente a esta realidad son de negación, frustración y depresión. Se requiere aprender enfrentar esta realidad sin ocultarla a sí mismo. Aquí el descubrimiento de su vida interior, de la vida religiosa marcada por la compañía de Dios, es una fuente de consuelo, de paz y esperanza.

4. Dinámica de la alegría desde la realidad

La espiritualidad que brota desde el encuentro con la realidad de sí mismo y la realidad divina, implica una mirada objetiva sobre las situaciones que se viven. Esto no siempre resulta fácil en la dinámica de la vida de un adulto mayor, especialmente cuando hay factores cerebrales que pueden interferir. Por ello que aprender a mirar con objetividad la realidad es fuente de sosiego y de renovada creatividad es una tarea que requiere un ejercicio de la más temprana edad.

5. Crecimiento en encuentro y diálogo consigo mismo

El camino espiritual requiere para su profundización el encuentro consigo mismo en la verdad de la realidad. Sobran las formas de autoengaño y discursos represivos y aduladores. El diálogo consigo mismo implica mirarse con verdad. Esta es una tarea de toda la vida, y que en este período de la vida, puede ser acompañada con delicadeza cuando acompañamos el proceso de un anciano.

6. Diálogo y encuentro con los otros

El acompañamiento espiritual debe animar el diálogo con los otros, favoreciendo los espacios de encuentro en la intimidad de la palabra. Muchas veces se favorece sólo el encuentro lúdico. Junto a lo anterior es muy importante dar espacios a estos otros tipos de encuentro que pueden permitir compartir situaciones de dolor, temores y esperanzas, animándose unos a otros.

7. Paradoja del sufrimiento y la alegría

El sufrimiento y la alegría son situaciones humanas que están siempre presentes en la vida del ser humano. Negar el sufrimiento es negar una parte importante de la realidad de la humanidad. Incluso el sufrimiento se vuelve un momento propicio para la apertura del ser a la realidad de Dios y de los otros; como también a la experiencia del amor gratuito y de la cercanía de los otros sin intereses. Acompañar espiritualmente a una persona implica ir mostrando la realidad de esta verdad, evitando hacer afirmaciones que pueden ser falsas. Es más sano y fuente de fortaleza en una persona aprender a vivir con la experiencia del dolor. Así también valorará con mayor intensidad la experiencia de la alegría como fuente de esperanza.

8. Encuentro con el Señor de la vida

Sin duda que el fundamento más hondo de todo camino espiritual se encuentra en el descubrimiento, no sólo de algo trascendente a sí mismo, sino que esa trascendencia tiene un carácter personal; es decir, es una persona trascendente; Dios. Aquí se encuentra el fundamento de una vida espiritual, pues en Dios se encuentra el sentido absoluto de todo. Es el horizonte de sentido de lo que en la vida parece sin sentido. Todos los intentos de comprensión inmanentes quedan con explicaciones parciales antes las preguntas más fundamentales de la vida.

Es muy posible que muchos adultos mayores hayan tenido una escasa experiencia de encuentro con Dios, pero es este período donde este encuentro pude constituir el descubrimiento del auténtico sentido de su vida y de todo. Siempre esta experiencia es una realidad que nos sobrepasa en su comprensión; sin embargo, que importante resulta para quien lo llega a realizar. Por otra parte, también hacemos la experiencia de tantos adultos mayores en situaciones de abandono, pobreza, soledad, patologías crónicas, etc. y sin embargo con una mirada esperanzada de la vida porque tienen la permanente experiencia de Dios.

Aquí el diálogo de oración es una buen camino que se debe animar y potenciar, pues en este diálogo se descubre al Creador, la verdad de la creatura, sus limitaciones, la finitud de la vida, y a la vez la grandeza de una vida en plenitud que Dios da, y que los cristianos hemos aprendido a llamar vida eterna.



4. CONSIDERACIONES FINALES

La dimensión espiritual de la vida plantea temáticas y desafíos de sentido absoluto. No es una simple formulación o una actividad más de las que se organizan al adulto mayor para su recreación. La espiritualidad conduce hacia la puerta de las grandes interrogantes humanas y plantea la apuesta fundamental por Dios. La espiritual posee un corazón esencialmente creyente. En ella se desarrolla el acto de construir la vida en referencia fundamental a Otro, sustancialmente distinto de nosotros; y a la vez, encarnadamente cercano. El desarrollo de la espiritualidad implica una apertura a lo trascendente.

Los variados cambios culturales que se están produciendo, tienen muchos orígenes en la insatisfacción del orden dado por los modos de organización social y humana que se desarrollaron. En estos modos, Dios, fue considerado “opio”, una cuestión de la moral práctica y personal, una idea intelectual, un producto muerto socialmente; o una cuestión reservada al intimismo de la persona. Actualmente asistimos a una construcción de lo social donde Dios sigue en el olvido; o por lo menos, debe quedar restringido a la esfera de lo particular, pues constituye un obstáculo para el total desarrollo de la libertad y la formulación de verdades particulares, negándose la universalidad de la verdad. Y sin embargo, el anhelo de sentido, de plenitud sigue en el corazón del ser humano. Y estas ansias se vuelven imperiosas en los momentos de límite de la vida y de su envejecimiento, cuando las puertas de lo finito, de la muerte se hacen más próximas.

Acompañar espiritualmente este tiempo, especialmente en el período de la tercera edad o ancianidad, implica a personas que tengan esta inquietud. No podemos ser transmisores de espiritualidad, si no andamos en la búsqueda del sentido absoluto. Entrar en la hondura del interrogante por el horizonte del sentido, por la necesidad de trascendencia, son exigencias para un verdadero acompañamiento espiritual, pues no podríamos hablar con otros de lo que no hemos experimentado como una vivencia existencial. No basta el conocimiento intelectual de tema. Esto ayuda, profundiza, pero no lo produce. Por ello, la principal característica del que apoya estos procesos, es el reconocimiento de sus propias búsquedas por la hondura y trascendencia de la vida, acompañando a otros a descubrir y caminar por lo fundamental del sentido de la vida, de la ancianidad, del sufrimiento y de la muerte.

El papa bueno, Juan XXIII, en su lecho de ancianidad y muerte expresaba: La vida es una peregrinación. Estamos hecho de cielo. Nos detenemos un poco aquí, en la tierra, y luego continuamos la senda. No debemos de temer. Es cierto, tenemos marcha hacia el cielo.
FUENTE : DR. JOSÉ ALVEAR.
( CUARTO CONGRESO DE ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL - SANTIAGO, OCTUBRE DE AÑO 2.007 ).
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO V.